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ESPIRITUALIDAD Y COMUNICACIÓN



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UN VIOLINISTA CIEGO ANDA POR LA CIUDAD - Comparte Cecilia Silva Flores

un violinista ciego anda por la ciudad
El calor ha empezado a arreciar en el centro de la ciudad y también las monedas que dejan caer los limeños en el tarrito blanco que Guillermo Sulca, el violinista ciego, tiene amarrado en la pierna derecha. Esta sentado en un banquito de madera. La base del violín descansa entre la mejilla y el hombro izquierdo, el arco se desliza sobre las cuerdas y el desafinado sonido crece como un coro chirriante y melancólico.  Los limeños pasan, lo miran, se compadecen o se asombran. Caen las monedas. A veces cuando está tocando, a veces cuando simplemente está ahí sentado sin hacer nada. Ver a un hombre ciego con un violín recostado en el regazo es un desafío al corazón de los transeúntes que acaba por descerrajar un disparo en la sien de sus bolsillos.  
Desde hace más de cinco años, Guillermo toca el violín en la cuadra cuatro del Jirón Camaná. Cuando llegó a esta avenida ya Pancho y Ana, una pareja de mendigos que también son invidentes habían colonizado la zona. Pero entre ellos se tejió una amistad a prueba de mezquindades. No hubo disputas. Ahora solo los separan veinte metros de distancia. Y varios soles de más que el violinista ciego gana. En los buenos días, Guillermo se embolsilla hasta veinte soles diarios. A diferencia de la pareja de invidentes, el violinista ciego descubrió hace más de treinta años que en una ciudad plagada de niños y ancianos mendigos, de hombres salidos de la cárcel que se suben a los buses a pedir limosnas o vender caramelos cada cual con una historia más trágica y triste que contar; un mendigo ciego no es un espectáculo suficiente para despertar la conmiseración de las personas, se necesita de más, por eso el violín. Su violín es una vieja caja de resonancia agujereada a ambos lados. Las cuerdas hace años que son de guitarra y las del arco son de nailon de pescar. El violín este año celebra su cumpleaños cuarenta y dos, y el sonido es una chirriante letanía que el violinista ciego repite durante la mayor parte del día con la circunspección de un director de orquesta ruso. Que el violín este desafinado, que el sonido a veces lastime el oído de los transeúntes es lo de menos. “Yo no quiero tocar bacán, solo toco para llamar la atención”, dice.
Al violinista ciego nadie le enseñó a tocar ese instrumento de músicos refinados, dice que aprendió con el tacto. Escuchaba en la radio música clásica y un día notó que en un sonido en particular le gustaba, preguntó y le contaron que se trataba del violín. Con las propinas que recibía juntó dinero y se compró uno. Era una buena forma de distinguirse del resto. Ahora quiere comprarse un saxo. Guillermo se acaba de enjuagar el rostro con un pañuelo. Ha sentido pasos y ha empezado a tocar nuevamente. Una pareja ha pasado con una niña regordeta cogida de la mano que parece interesada en la figura pequeña y redonda de aquel hombre cobrizo que toca una melodía melancólica. La niña ha mantenido la mirada en el violinista ciego hasta pasados unos tres metros cuando el cuello le dolió de estar doblado hacía atrás. Ha jaloneado a su papá y ambos han regresado. El violinista ciego acaba de ganar un nuevo sol. Por estos días, Guillermo anda algo enfermo. En su casa prefabricada de Villa El Salvador, un distrito populoso en las afueras de Lima, las rajaduras del techo dejaron filtrar una rala llovizna veraniega. Fue tan famélica la lluvia que el violinista ciego no se dio cuenta que la cama se le inundaba. Pensó que era sudor y siguió durmiendo. Al día siguiente se sintió mal. Y hacia la noche todavía peor. Al día siguiente su hijo Juan, con quien vive, lo llevó al hospital. El violinista ciego tenía bronquitis. Juan es el único de los hijos que no se pudo emancipar de la casa paterna. Una casa que el violinista ciego consiguió gracias a la buena acción de la esposa de un general de la Policía en la época del gobierno de Velasco Alvarado. En ese entonces, Villa El Salvador no era más que un terreno baldío sin poblar. Lima ya había sufrido la interminable migración de los campesinos del Ande, entre los que se contaba Guillermo y su hermano mayor Modesto, quien se hizo cadete del ejército. “En qué puedo ayudar”, le dijo el general del cual Guillermo ya ha olvidado el nombre. “No tengo dónde vivir”, confesó el violinista ciego. Era una verdad en su vida desde hacía años. Cuando llegó a Lima con su hermano desde su natal Ayacucho, se refugió en la casa del padre, un buen hombre que trataba de cuidar siempre al más indefenso de sus hijos.
Desde hace más de cinco años, Guillermo toca el violín en la cuadra cuatro del Jirón Camaná. Cuando llegó a esta avenida ya Pancho y Ana, una pareja de mendigos que también son invidentes habían colonizado la zona. Pero entre ellos se tejió una amistad a prueba de mezquindades. No hubo disputas. Ahora solo los separan veinte metros de distancia. Y varios soles de más que el violinista ciego gana. En los buenos días, Guillermo se embolsilla hasta veinte soles diarios. A diferencia de la pareja de invidentes, el violinista ciego descubrió hace más de treinta años que en una ciudad plagada de niños y ancianos mendigos, de hombres salidos de la cárcel que se suben a los buses a pedir limosnas o vender caramelos cada cual con una historia más trágica y triste que contar; un mendigo ciego no es un espectáculo suficiente para despertar la conmiseración de las personas, se necesita de más, por eso el violín. Su violín es una vieja caja de resonancia agujereada a ambos lados. Las cuerdas hace años que son de guitarra y las del arco son de nailon de pescar. El violín este año celebra su cumpleaños cuarenta y dos, y el sonido es una chirriante letanía que el violinista ciego repite durante la mayor parte del día con la circunspección de un director de orquesta ruso. Que el violín este desafinado, que el sonido a veces lastime el oído de los transeúntes es lo de menos. “Yo no quiero tocar bacán, solo toco para llamar la atención”, dice.
Al violinista ciego nadie le enseñó a tocar ese instrumento de músicos refinados, dice que aprendió con el tacto. Escuchaba en la radio música clásica y un día notó que en un sonido en particular le gustaba, preguntó y le contaron que se trataba del violín. Con las propinas que recibía juntó dinero y se compró uno. Era una buena forma de distinguirse del resto. Ahora quiere comprarse un saxo. Guillermo se acaba de enjuagar el rostro con un pañuelo. Ha sentido pasos y ha empezado a tocar nuevamente. Una pareja ha pasado con una niña regordeta cogida de la mano que parece interesada en la figura pequeña y redonda de aquel hombre cobrizo que toca una melodía melancólica. La niña ha mantenido la mirada en el violinista ciego hasta pasados unos tres metros cuando el cuello le dolió de estar doblado hacía atrás. Ha jaloneado a su papá y ambos han regresado. El violinista ciego acaba de ganar un nuevo sol. Por estos días, Guillermo anda algo enfermo. En su casa prefabricada de Villa El Salvador, un distrito populoso en las afueras de Lima, las rajaduras del techo dejaron filtrar una rala llovizna veraniega. Fue tan famélica la lluvia que el violinista ciego no se dio cuenta que la cama se le inundaba. Pensó que era sudor y siguió durmiendo. Al día siguiente se sintió mal. Y hacia la noche todavía peor. Al día siguiente su hijo Juan, con quien vive, lo llevó al hospital. El violinista ciego tenía bronquitis. Juan es el único de los hijos que no se pudo emancipar de la casa paterna. Una casa que el violinista ciego consiguió gracias a la buena acción de la esposa de un general de la Policía en la época del gobierno de Velasco Alvarado. En ese entonces, Villa El Salvador no era más que un terreno baldío sin poblar. Lima ya había sufrido la interminable migración de los campesinos del Ande, entre los que se contaba Guillermo y su hermano mayor Modesto, quien se hizo cadete del ejército. “En qué puedo ayudar”, le dijo el general del cual Guillermo ya ha olvidado el nombre. “No tengo dónde vivir”, confesó el violinista ciego. Era una verdad en su vida desde hacía años. Cuando llegó a Lima con su hermano desde su natal Ayacucho, se refugió en la casa del padre, un buen hombre que trataba de cuidar siempre al más indefenso de sus hijos.
LA VIRUELA LO CEGÓ A LOS SIETE AÑOS..
Pero su segunda mujer hacía vivir a Guillermo en carne propia el sufrimiento de la cenicienta. La madrastra agobiaba su existencia con insultos y maltratos. Cuando su padre murió, el violinista ciego tenía 11 años, un hermano en el cuartel, ni un peso en los bolsillos y una ceguera que jamás le permitió conocer la ciudad. Igual escapó. Desde entonces su vida fue vivir en los parques, deambular por la ciudad, pedir limosna. En ese entonces, no tenía nada de lo que tiene ahora: ni casa ni violín.
Un poco más de una década después, aquel general que sufrió el asedio de su esposa día y noche, mandó llamar a Guillermo. Ahora el violinista ciego tenía un terreno en Villa El Salvador. 
SOBRE LA VIRUELA, MOZART Y MOONDOG
Guillermo se quedó ciego a los siete años. La viruela levantó en su cuerpo ominosas pústulas, pero le dejó una marca más trágica que esos pequeños cráteres de luna que suele abrir en la piel. Algo similar le ocurrió a Mozart, el genio austriaco de la música clásica. Los vacíos en la historia son abundantes, pero se conoce que el compositor de Réquiem también padeció la viruela aunque en su caso la ceguera solo fue temporal. El violinista ciego lleva dos anillos de acero en la mano derecha, la misma con la que desliza la vara cuando toca el violín. Dice que es para prevenir el mal de ojo, el único mal que él jamás podría echarle encima a nadie. Los aros que lleva en el índice y el meñique están óxidos, pero vistos desde lejos el sol los hace brillar despidiendo haces de luz. El resto de la apariencia del violinista ciego es más bien opaca: la camisa celeste y raída, el descolorido pantalón beige, unos mocasines negros desgastados y una gorra crema y sucia.  
EL VIOLINISTA CIEGO EJERCE UNA ESPECIAL ATRACCIÓN EN LOS NIÑOS
Por lo menos una decena de artistas ciegos han sido figuras rutilante de la música. Ray Charles, Stevie Wonder, José Feliciano, pero la vida de Guillermo tiene algunas bisagras de similitud con la historia de Moondog, el Vikingo de la Sexta Avenida, un hombre que también se quedó ciego a los 16 años y  ocho años después, de buenas a primeras, decidió vivir en las calles de Nueva York vestido como el dios nórdico Odín. Las diferencias entre Moondog, el Vikingo de la Sexta Avenida y Guillermo, el violinista ciego del Jirón Camaná no son solo de talento —Moondog lo tenía en grande mientras Guillermo apenas alcanza a tocar una sola canción cuyo mal sonido puede atribuirse si se quiere a su violín desvalijado— también son las diferencias entre el primer y tercer mundo. Moondog estudió en decenas de escuelas para ciegos, mientras el violinista ciego fue rechazado de la Unión Nacional de Ciegos del Perú porque no tenía documento de identidad ni partida de nacimiento. Moondog aprendió a leer braille, el violinista ciego con ayuda de unos amigos aprendió a diferenciar la superficie de las monedas para que no lo siguiera engañado en las tiendas, los restaurantes y mercados.
JIRÓN CAMANÁ SE HA CONVERTIDO EN SU CENTRO HABITUAL DE TRABAJO.
Esta tarde de julio, Guillermo está de buen humor. El próximo domingo tocará en Agua Dulce, una playa en la costa limeña que recibe todos los años a los veraneantes más pintorescos de la ciudad. Y al día siguiente será su cumpleaños sesenta y siete. “Una época también tocaba en Garzón, en Jesús María, pero esos malparidos de los serenazgos me sacaron. Yo les reventé el carro de una patada. A mí nadie me saca, yo les rompo la cabeza con mi bastón”. Una risa malévola y autocomplaciente emerge después de contar esta historia poco creíble para este pequeño hombre que ya es un anciano. El irascible carácter del violinista ciego contrasta con esa apariencia de artistas desvalido. La gente no lo nota porque nadie se detiene a hablar con él. Las limosnas casi siempre prescinden de la locuacidad. Pero cuando el violinista ciego habla se transforma en un hombre chisposo y maldiciente, hosco y con un peculiar sentido del humor, anclado entre la ironía y la agresividad. “Si tuviera mi vista, yo sí robo, pero soy ciego pe carajo…Asaltaría bancos con dinamita, pero ciego solo me queda el violín”.
El violinista ciego dice que jamás se echó en brazos de ningún vicio. La cerveza nunca pasó de ser una compañera esporádica, el tabaco nunca lo tentó y las drogas en su época no tenían el comercio ambulatoria de hoy, así que por su lado pasaron desprevenidas. Su único vicio afirma con una sonrisa tosca han sido las mujeres, aunque por más de treinta y cinco años convivió solo con una sola: Jesusa, una mujer también invidente que murió hace ocho años. Durante la conversación no ha querido decir el nombre de su mujer. “Tú para que quieres saber. Si ya está muerta”. Prefiere hablar de política, quejarse del presidente de la República y de Pensión 65, un subsidio que ofrece el Gobierno a los ancianos sin pensión de jubilación que nunca le llegó, añorar a Velasco y amenazar con su bastón a la imagen imaginaria de una periodista, una “loca” a la que si vuelve a escuchar le “meteré una cachetada”. La falta de la periodista, imperdonable para el violinista ciego fue escribir que era “un viejo que deambulaba perdido por la ciudad”. “Yo me conozco todo Lima, que voy a estar perdido”, ruge enfurecido.
LA COMUNIDAD DE JIRÓN CAMANÁ
Cayetano es un hombre que ha trabajado veinte y dos años vendiendo ropa interior en una tienda ubicada justo al frente de la Iglesia San Agustín, ese icono del barroco limeño cuya pared lateral se extiende hasta la mitad de la cuadra cuatro del Jirón Camana, la cuadra del violinista ciego. Pese a que la tarde ya está muriendo, el día aún es luminoso. Cayetano está sentado en una silla en la puerta de su tienda. En unos instantes cuando se incorporé dejará ver que es un hombre alto y trigueño, con un timbre de voz amable y cantarín. Conoce al violinista ciego desde hace años, pero él lo llama el “huachano”. “Jamás supe que fuera de Ayacucho, aquí todos le decimos el huachano. Ese viejito es un jodido. Ya vas a ver”. Al frente de la calzada, Guillermo ha recogido sus cosas, el violín lo ha guardado en una bolsa de rafia, ese tipo de bolsas que se usan para hacer el mercado, ha plegado el banquito y con la soga que antes servía para detener el tarrito blanco ha amarrado la bolsa y se la ha cruzada en el pecho. “¡Huachano! ¿Ya te vas? Antes de que te vayas déjame algo para el almuerzo”. El violinista ciego se detiene y sonríe desde la vereda de enfrente. Con el bastón tantea el suelo. “¿Hay carro?”, pregunta. “No te dije, ahora vendrá a molestar”, dice Cayetano que hace el amague de cruzar la pista para ayudar a Guillermo.
“Huelo a mujer, te has echado perfume de mujer, Cayetano”. “Te lo habré robado a ti”. Comparsa de risas. Se sueltan algunas otras bromas y luego el violinista ciego se aleja. Pancho y Ana, la otra pareja de invidentes también acaban de irse. Son casi las seis de la tarde y el Jirón Camaná empieza poblarse de oficinistas grises. La figura del violinista ciego es una baldosa opaca. El pequeño Guillermo camina parsimoniosamente, tanteando la vereda con el bastón. De pronto se tropieza con un tipo que lleva el pelo cortado casi al rape, una camisa blanca sudada por la espalda y unos lentes de carey. El hombre que apenas se disculpa, y continúa su camino con un vértigo de ficción. El violinista ciego empuñó el bastón, y parecía a punto de lanzar una amenaza, pero el hombre ya se había marchado. Parece que Guillermo Sulca sin el tarrito y el violín es un paisaje invisible.
COMPARTE Cecilia Silva Flores cecicliasilvaflores@yahoo.es

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