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ESPIRITUALIDAD Y COMUNICACIÓN



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LA CRUZ Y EL PODER DEL ALMA

En Juan 12:24-25 el Señor Jesús de nuevo habló acerca de la vida del alma: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama la vida de su alma la perderá; y el que la aborrece en este mundo, para vida eterna la guardará”. Más adelante, explicó el significado de estos dos versículos diciendo: “Y Yo, si soy levantado de la tierra, a todos atraeré a Mí mismo. Pero decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir” (vs. 32-33). Ese capítulo de la Biblia nos presenta el ministerio del Señor Jesús en su esplendor, pues había resucitado a Lázaro, y debido a eso muchos judíos creyeron en El; inclusive unos griegos vinieron a verlo. En tales circunstancias, El entró en Jerusalén donde fue bien acogido. Desde el punto de vista humano, parecía que la cruz no era necesaria y que el Señor podía atraer a los hombres hacia Sí mismo sin ella, pero El sabía que no había otra manera de que el hombre fuera salvo aparte de la cruz. Aunque Su obra externamente era muy próspera, El estaba consciente de que si no moría, no podría dar vida al hombre. Si moría, podría atraer a los hombres a Sí mismo y darles vida.
El Señor declaró explícitamente la función de la cruz. Consideró Su propio ser como un grano de trigo. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, sigue siendo un solo grano. Si el Señor era crucificado y moría, podría dar vida a muchos hombres. Aquí el Señor indicó que la condición para llevar fruto es la muerte. Si no hay muerte no hay fruto. No hay otra manera de llevar fruto excepto mediante la muerte.
Sin embargo, nuestra meta no es detenernos a examinar cómo fue el Señor Jesús. Queremos prestar especial atención a la relación que esto tiene con nuestra vida anímica. El Señor Jesús, en el versículo 24 relacionó al grano de trigo consigo mismo, pero en el versículo 25 indicó que Su muerte y mucho fruto no deben aplicarse exclusivamente a El. El dio a entender que todo aquel que es Su discípulo debe seguir Sus pisadas y explicó la relación que tiene el grano de trigo con los creyentes. El grano de trigo representa la vida del alma. Si dicho grano no muere, no puede llevar fruto. De igual manera, si la vida del alma no muere, tampoco puede llevar fruto. Lo que el Señor Jesús recalca es la necesidad de llevar fruto. Aunque la vida del alma es muy poderosa, su poder no puede llevar fruto. Todos los talentos, los dones, el conocimiento, la sabiduría y el poder que proceden de la vida del alma, son incapaces de hacer que los creyentes produzcan muchos granos. Así como el Señor Jesús tuvo que morir a fin de llevar fruto, asimismo los creyentes deben morir para llevar fruto. El Señor indicó que aunque el poder de la vida anímica es bueno, es inútil en la obra de Dios para llevar fruto.
Cuando los creyentes laboran para el Señor, el mayor peligro que corren es que confíen y usen todo el poder de su vida anímica: su habilidad, sus dones, su conocimiento, su poder de persuasión, su elocuencia y su inteligencia. En la experiencia de muchos creyentes espirituales, si no concentran toda su atención en dar muerte a la vida anímica, ésta será muy activa laborando para el Señor. Por un lado, deben pedirle al Señor que no permita que la vida del alma tenga oportunidad de inmiscuirse y, por otro, deben velar para no permitir que ella realice ninguna actividad. Así que, ¿cómo podrán impedir la intrusión de esta vida quienes no están dispuestos a renunciar a ella ni a velar ni a orar? Todas las cosas que pertenecen al alma deben morir. Debemos estar dispuestos a no depender de ellas para nada. Debemos estar dispuestos a permitir que Dios nos haga pasar por la oscuridad de la muerte sin depender de nada, sin tener ningún sentimiento, sin ver nada y sin ningún entendimiento, mas confiando silenciosamente en la obra de Dios. De esta manera, El hará que obtengamos una vida anímica gloriosa, pero en resurrección. “El que la aborrece [la vida de su alma] en este mundo, para vida eterna la guardará”. La vida del alma no se pierde, sino que pasa por la muerte. Cuando morimos y no podemos ver ni sentir nada, Dios (no nosotros) puede usar nuestra vida anímica para impartirnos Su vida. Si la vida del alma no se pierde, el creyente sufrirá la mayor pérdida, mas si se pierde, será preservada para vida eterna, y Dios la podrá utilizar.
No debemos cometer el error de pensar que nunca jamás volveremos a usar nuestra mente ni nuestras habilidades. Este versículo explica claramente: “El que la aborrece [la vida de su alma] en este mundo, para vida eterna la guardará”. Aparentemente, tenemos que perder nuestra alma, pero en realidad, la preservamos para vida eterna. Hacer morir el alma no es destruirla ni deshacernos de sus diferentes facultades, de la misma manera que “el cuerpo de pecado sea anulado” (Ro. 6:6) no significa amputar las manos ni los pies ni los oídos, ni sacarse los ojos. Después de destruir el cuerpo de pecado, se nos dice que “presentemos ... nuestros miembros a Dios como armas de justicia” (v. 13). De igual manera, hacer morir la vida del alma y tomar la cruz para seguir al Señor, no significa que de aquí en adelante vamos a ser como madera o piedras, sin sensaciones ni pensamientos ni ideas, ni que nos deshicimos del uso de todas las facultades del alma. Los miembros del cuerpo y las facultades del alma siguen presentes y se pueden utilizar, excepto que ahora son renovadas, fortalecidas y dirigidas por el Espíritu Santo. Lo importante es si las facultades de nuestra vida anímica son fortalecidas y dirigidas por el Espíritu Santo, mediante el espíritu humano, o por la vida del alma. Las facultades aun existen, pero la vida que las dirigía y animaba ha muerto. De esta manera, el Espíritu Santo tiene la oportunidad de ser la vida de estas facultades por medio de la vida trascendente de Dios.
Cada facultad de nuestra alma, aunque haya pasado por la muerte, sigue existiendo. Hacer morir la vida del alma no significa que nuestra mente, nuestra parte emotiva y nuestra voluntad hayan sido completamente aniquiladas y que ahora estén vacías. En la Biblia, leemos acerca del pensamiento, el deseo, el gozo, la satisfacción y el amor de Dios. Inclusive, hablando del Señor Jesús, la Biblia dice que El amó, se regocijó, se afligió y hasta lloró. Cuando estaba en el huerto de Getsemaní, “ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas” (He. 5:7). Podemos ver que las facultades del alma no se desvanecen, ni el creyente se hace insensible ni indiferente. El alma del hombre es su mismo yo, su personalidad y todas las facultades que pertenecen a su vida. Si todo esto no es vitalizado por la vida del Espíritu que viene de lo alto, entonces, recibirá poder para vivir de la vida del alma del hombre natural. En cuanto a sus facultades, el alma todavía está presente; pero en lo que se refiere a su vida, debe ser totalmente rechazada. Todo lo que pertenece al alma debe mantenerse en la muerte. Solamente esto permite que el Espíritu Santo use cada facultad del alma sin interferencia de la vida natural.
Esta es la vida en resurrección. Si el hombre no ha obtenido la vida trascendente de Dios, una vez que se pierda en la muerte, está muerto y no puede resucitar. El Señor Jesús pudo morir y resucitar debido a que en El, estaba la vida increada de Dios, la cual puede pasar por la muerte, sin ser destruida y manifestarse de nuevo en la frescura y la gloria de la resurrección. El Señor Jesús derramó Su alma hasta la muerte y entregó Su espíritu en las manos de Dios. Debido a que Su espíritu tenía la misma vida de Dios, pudo resucitar. Su muerte solamente lo libró de la vida del alma, e hizo que Su vida, la vida del Espíritu de Dios, se manifestará en plenitud y gloria. Si un hombre muere sin la vida de Dios, aunque su espíritu permanezca para siempre, él no podrá resucitar en la vida eterna como lo hizo el Señor.
Es difícil que el hombre entienda que Dios, habiéndonos dado Su vida, desee que tengamos la experiencia de morir juntamente con el Señor, lo cual hace que Su propia vida en nosotros, pase de nuevo por la muerte y la resurrección. Sin embargo, esta es la ley de la vida de Dios. Debido a que poseemos esta vida, podemos pasar por la muerte y seguir viviendo. Tal muerte hace que perdamos la vida de nuestra alma, y nos hace aptos para estar en la resurrección de la vida eterna, donde obtenemos la vida de Dios de una manera más rica y más gloriosa.
El propósito de Dios es depositar Su vida en nosotros y conducir nuestra vida anímica a la muerte, para que cuando Su vida resucite, haga que nuestra vida anímica resucite juntamente con El y lleve fruto por la eternidad. Esta es la lección más elevada y más profunda de la vida espiritual. Unicamente el Espíritu Santo puede revelarnos cuán indispensable es la resurrección, y cuán necesario es mostrarnos que también la muerte es indispensable. Quiera el Espíritu de revelación mostrarnos que si no aborrecemos nuestra propia vida y no la hacemos morir, nuestra vida espiritual sufrirá mucha pérdida y será incapaz de llevar fruto. Cuando la vida de Dios, la cual está en nosotros, juntamente con nuestra vida anímica pasan por la muerte y la resurrección, podemos llevar fruto y hacer que sea fruto que permanezca para vida eterna. “El Hombre Espirtual” W. Nee
¡Jesus es el Señor!
Nuestro proposito no es comunicar conocimiento, ni métodos bíblicos a los santos, sino ayudar a los que ya siguen al Señor y caminan en esta senda con el objeto de avanzar.
El verdadero ministerio se concibe en el vientre del sufrimiento, nace con fatiga y con dolor, y se mece en una cruz.
Ciertamente hay un camino solitario para los que buscan andar con Dios. Pero cuando andemos con el Señor, vamos a encontrar compañia en otros que tambien conocieron el rechazo y el sufrimiento cuando anduvieron con Dios, y aprendieron sus caminos
Ningún verdadero siervo del Señor debe permitir que sus pensamientos y emociones actúen independientemente. Cuando su hombre interior requiera liberación, el hombre exterior deberá proporcionarle un canal por el cual el espíritu pueda salir y llegar a otros. Si no hemos aprendido esta lección, nuestra efectividad en la obra del Señor será muy limitada. 
“Señor, por el bien de la iglesia, por el avance del evangelio, para que Tu tengas libertad de actuar y para que yo mismo pueda avanzar espiritualmente, me entrego a Ti total e incondicionalmente. Señor, con gusto y humildemente me pongo en Tus manos. Estoy dispuesto a que te expreses libremente por medio de mí”. 
“Señor, doblega a la iglesia para que salves al mundo” Evan Roberts 
¡Jesús es el Señor! - Jesus is Lord - Jesus ist der Herr - Yeshua adonai - Gesù è il Signore - Jésus est Seigneur - - – - - - - Jesus é o Senhor - Jesus är Herre 

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