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ESPIRITUALIDAD Y COMUNICACIÓN



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Relación entre el “Camino Neocatecumenal” y el Concilio Vaticano II - Comparte Lucho Pizarro

Relación entre el “Camino Neocatecumenal” y el Concilio Vaticano II

Dice el Concilio Vaticano II en la Constitucion “Sacrosanctum Concilium” N*64: “Restáurese el catecumenado de adultos, dividido en distintos grados, cuya practica dependerá del juicio del ordinario del lugar; de esta manera, el tiempo de catecumenado, destinado a la adecuada instrucción, podrá ser santificado con la celebración de los ritos sagrados en tiempos sucesivos”.

Durante los primeros siglos de la Iglesia, en un mundo completamente pagano, cuando alguien quería ser cristiano, y por tanto bautizarse, se le iniciaba a través de un tiempo de catequización que, por ello mismo, se denominaba “catecumenado”. En nuestro contexto social de paganismo y secularizado se ha visto cada vez con mayor claridad, por parte del Magisterio, la urgencia de REEVANGELIZAR a los católicos y proponer la fe a los alejados de la Iglesia.

En esta circunstancia eclesial muy propicia, el “camino neocatecumenal” constituye un instrumento o una herramienta al servicio de los obispos de todo el mundo dentro de las parroquias para acercar a la fe cristiana a tantas personas que, por las presiones de la secularización, la han perdido o nunca la han vivido en profundidad adulta.

Uno se pregunta ¿Cómo nació esta realidad eclesial dentro de la Iglesia? Tuvo su primer germen entre los pobres de las chabolas de “Palomera Altas” de las afueras de Madrid, por el año 64 por un laico y pintor convertido del existencialismo ateo. Su nombre: Kiko Arguello que junto con la experiencia de Carmen Hernández, una misionera y con el liturgista padre Farnes, fueron las semillas que, cayendo en el surco de las barracas llenas de miseria, hicieron surgir una síntesis teologico-catequetica (Kerigma) que, con los años y en medio de sufrimientos y dificultades, se desarrollaría como un camino de gestación a la fe o neocatecumenado.

Muchos califican a Kiko y Carmen como los “fundadores del movimiento neocatecumenal”. Es bueno aclarar y para siempre que el camino no es una invención ni una fundación de Kiko Arguello o Carmen Hernández, dado que el Catecumenado fue durante los primeros siglos de la Iglesia una práctica pastoral muy extendida. Digamos que propiamente, Kiko y Carmen han sido más bien los que, como recomendó el numero 64 (al inicio de este articulo) de la “Sacrosanctum Concilium”, se vieron poco a poco impulsados por los hechos a restaurar y actualizar en nuestro contexto socio-cultural algunas etapas del catecumenado de adultos, a fin de llevar a los ya bautizados, progresivamente, hacia una maduración del significado de la “filiación divina”, expresada en el sacramento del Bautismo.

Del mismo modo, tampoco resulta del todo adecuado denominar al Camino Neocatecumenal como un “movimiento” o una “asociación”. La razón fundamental no radica en que se considere a sí mismo, de forma exclusiva, “la Iglesia”, como se ha sugerido alguna ocasión, sino en que es un camino, con un comienzo y un final el cual se deja de tener catequistas y queda una comunidad de cristianos al servicio de la parroquia y del obispo.

Volvamos al inicio de este “carisma”, el entonces Arzobispo de Madrid D. Casimiro Morcillo, al regresar del Concilio, pudo conocer de cerca aquella primera comunidad de las chabolas y se percató de que concretaba algunas de las novedades conciliares. Fue él quien, con discernimiento pastoral, impulso a Kiko y Carmen a llevar esta experiencia de “evangelización” y de “comunidad” a las parroquias de Madrid.

El redescubrimiento de la Vigilia Pascual, con las renovaciones litúrgicas, catequéticas, teológicas, eclesiológicas que había diseñado el Vaticano II fueron tomando cuerpo en el Camino Neocatecumenal en la misma medida en que se extendía por todos los continentes a través de numerosos  “catequistas itinerantes” (presbíteros con laicos que abandonan sus trabajos y hogares para evangelizar en cualquier parte del mundo requeridos por los obispos). Gracias a la fecundidad del Concilio aquellas semillas plantadas milagrosamente hace ya más de cincuenta años en los suburbios madrileños, han ido germinando como instrumento de evangelización en las parroquias para abrir un camino de iniciación cristiana tanto a los ya bautizados como a los alejados de la Iglesia.

Ahora veamos en qué medida el Trípode ( PALABRA-LITURGIA-COMUNIDAD)en que se apoya la pastoral de esta iniciación cristiana de adultos no podría concebirse, ni llevarse a la práctica parroquial, sin el respaldo que los documentos conciliares expresamente le concede. Es justamente desde el “espíritu” y la “letra” de estos documentos, desde donde cabe comprender la fecundidad espiritual del Trípode en que se basa este Camino.

Tratare de demostrar la estrecha relación o armonía entre el Concilio Vaticano II y el Camino Neocatecumenal tanto en lo que se refiere a los modos y contenidos de la predicación e interpretación de la Escritura (PALABRA), como a las formas renovadas de celebrar los sacramentos (LITURGIA), y a la eclesiología que se vive en la comunión entre los hermanos (COMUNIDAD).

PALABRA

Es bien sabido y por la experiencia en el camino, que la Palabra de Dios es uno de los pilares fundamentales de este proceso de iniciación a la fe. Decía San Jerónimo: “Ignorar las Escrituras, es ignorar a Cristo”.

El contenido esencial de las primeras catequesis para constituir la comunidad se extrae de la Palabra, cuyo centro es Jesucristo, su muerte y resurrección (KERIGMA). Todas las semanas hay en las comunidades una Celebración de la Palabra, preparado por un grupo (8) de hermanos que proclama  dos textos del Antiguo y dos del Nuevo Testamento. Esta preparación de la Palabra en las casas consiste en muchas ocasiones dos horas de “escrute”. Se escucha con suma atención, se medita, y ante ella se responde personalmente. Siendo siempre Jesucristo el centro de la Palabra.

Según la fase del camino en que se encuentre cada comunidad se centra en la Escritura desde aspectos distintos (personajes, temas, etc.). A la luz de la Palabra se va modelando la fe y la moral de los que la escuchan.

Se podría afirmar que todo lo que se vive durante años en las comunidades en torno a la palabra de Dios sólo ha sido posible gracias a la Constitución Dogmatica DEI VERBUM: La interpretación “crisitocentrica” de la Escritura ( DV 17,18), la insistente presentación del ambiente cultural judío (DV 12) de los textos principales que introducen a las distintas etapas del Camino, la importancia que se concede al Antiguo testamento y a la unidad de ambos Testamentos (DV.15-16), la constancia en apoyar las interpretaciones de la Escritura en textos de los santos Padres, de la Tradición de la Iglesia y del Magisterio (DV 10), la lectura de Vocabularios Bíblicos y de la “Biblia de Jerusalén” en las comunidades por sus rigurosos paralelos y aclaratorias notas exegéticas (DV 25), el tiempo dedicado a escrutar personalmente la Escritura en uno de los pasos de este itinerario de fe, y por ultimo de que a través de la proclamación de la Palabra en un contexto orante se establece un dialogo entre Dios y el hombre (DV 25).

Por ejemplo, es una práctica habitual en las comunidades catecumenales lo que se dice en la DV (21): “Es necesario  que toda la PREDICACION ECLESIASTICA, COMO LA MISMA RELIGION CRISTIANA, SE NUTRA DE LA SAGRADA ESCRITURA, Y SE RIJA POR ELLA. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la Palabra de Dios que es, en verdad, APOYO Y VIGOR DE LA IGLESIA, Y FORTALEZA DE LA FE para sus hijos, ALIMENTO DEL ALMA, FUENTE PURA Y PEREMNE DE LA VIDA ESPIRITUAL”.      

Afirmar como se ha hecho y dicho en algunos ocasiones, que las alegorías con las que Kiko interpreta la Escritura son favorecedoras de su propia experiencia religiosa y determinan todas las posibles interpretaciones en el Camino, es olvidar que en miles de comunidades repartidas por el mundo se proclaman todas las semanas centenares de textos distintos, y miles de catequistas y presbíteros predican desde su propia experiencia de fe y conocimiento de la Escritura, apoyándose en textos bíblicos del momento litúrgico. Evidentemente, no todos los hermanos de las comunidades, entre los que hay de muy distinto nivel cultural y social, ni todos los catequistas, poseen conocimientos rigurosos de los métodos históricos-críticos de interpretación de la Escritura.

Lo que para tantos católicos no era más que un voluminoso libro de adorno en sus casas, que no sabían comprender ni relacionar con sus vidas, tras el paso por esta iniciación cristiana se convierte en un libro vivo e iluminador de sus diversas situaciones históricas; siendo así posible, como dice el Concilio, que “llene más y más los corazones de los hombres” (DV 26).

LA LITURGIA

Hablando de la espiritualidad del Camino Neocatecumenal se ha llegado a afirmar que es más propia del monacato que del laicado, porque los miembros de las comunidades, a partir de una de las etapas del itinerario de fe, rezan individualmente –y unidos los matrimonios- todos los días Laudes, y con la comunidad en Adviento y Cuaresma. Y también porque viven la liturgia – especialmente la Eucaristía- con la solemnidad y el ritualismo propios de los monjes y monjas de clausura, consumiendo energías y tiempo en “interminables” liturgias.

Cuando se oyen –o se leen – estos comentarios, uno tiene la impresión de que no se conoce la trascendencia que concede el Vaticano II en la Constitución SACROSANCTUM CONCILIUM tanto a la Eucaristía como al Oficio Divino y a los Tiempos Litúrgicos. Sin este conciliar, tan reformador y fomentador de la Liturgia, no se comprendería la solemnidad y la riqueza participativa de las celebraciones eucarísticas en las comunidades catecumenales.

Hay un texto de este documento que expresa de forma clara lo que están viviendo intensamente las comunidades catecumenales después del Concilio Vaticano II: “LA LITURGIA ES LA CUMBRE A LA CUAL TIENDE LA ACTIVIDAD DE LA IGLESIA y al mismo tiempo la FUENTE DE DONDE MANA TODA SU FUERZA” (SC 10).

Además, no es casualidad que el Trípode del Neocatecumenado sea: PALABRA-LITURGIA-COMUNIDAD, pues emana directamente de los propios textos conciliares, y en concreto de SC (6, 7, 9,10). También en algunas encíclicas de Juan Pablo II se menciona expresamente este vínculo.  Por ejemplo en la VERITATIS SPLENDOR, en el Nº126, afirma la estrecha conexión que ya existía desde los Apóstoles entre la fe, la liturgia y la vida moral en comunidad.

Y si son tan fecundos los frutos cristianos que el Vaticano II atribuye a la Liturgia en los textos mencionados más arriba, y en concreto a la Eucaristía, ¿Qué hay de malo en celebrarla solemnemente, con toda la riqueza de signos, con la máxima participación de los fieles, si constituye la “fuente”, la “fuerza” y la “cumbre” de la vida cristiana?

¿Acaso no estamos llamados los laicos a disfrutar de los dones que el Espíritu Santo derrama en las celebraciones? No parece que el Concilio restrinja la riqueza de la Eucaristía para los sacerdotes y las religiosas. Ni tampoco se puede afirmar desde este mismo documento que rezar laudes o Vísperas, sea también específica para las religiosas de clausura o de la vida contemplativa.

Interesante lo que dice el número 100 y que fue escrito hace casi 50 años atrás: “Se recomienda asimismo que LOS LAICOS recen el Oficio Divino (La Liturgia de las Horas), o con los presbíteros reunidos entre sí, e incluso en particular”. Este dato es muy interesante destacar porque tiene mucha relación con los hermanos de las comunidades catecumenales. Dentro del itinerario de fe adulta, existe un “paso” que se llama: “el paso de la Oración”. Ésta consiste que llegado el momento, en que el obispo o el presbítero (en nombre de la Iglesia) entregan al catecúmeno los cuatro tomos de La Liturgia de las Horas para que pueda rezar hasta el último día de su vida la oración de la Iglesia.

Sin duda alguien puede pensar que hay muchas tareas sociales y urgentes que celebrar solemnes eucaristías, o rezar en comunidad Laudes por la mañana antes de ir a trabajar, y que las energías de los laicos habría que gastarlas dedicándose al mundo de los más necesitados.

También cabria sugerir a los grupos cristianos entregados a tareas sociales de todo tipo, sin duda valiosísimas y necesarias, que quizá estén dejando en segundo lugar la Palabra de Dios, la Liturgia y la vida comunitaria. En el fondo nos encontramos con enfoques pastorales sensibles a diversas percepciones de la función de la Iglesia en el mundo actual.

Sin embargo, lo que no tiene ningún sentido es negar la inspiración conciliar de la espiritualidad y de la reforma litúrgica que se vive en este Camino de Iniciación cristiana de adultos.

LA COMUNIDAD

Las comunidades neocatecumenales están compuestas, como es bien sabido, de todo tipo de personas: cultos, ignorantes, ricos, pobres, jóvenes, ancianos, matrimonios, solteras, viudas, sacerdotes, monjas, funcionarios, médicos, obreros…Y además de todas estas diferencias de edad, sexo, y situación profesional, las personas poseen distintos caracteres: los hay afectuosos y fríos, flexibles y dogmáticos, pacientes y exigentes, obedientes y rebeldes, críticos y sumisos, orgullosos y  humildes, inquietos y pasivos, crédulos e incrédulos, astutos y sencillos, “lobos” y “corderos”…¡Hay de todo para todos los gustos!. Una “fauna humana “completa. Por ello mismo, uno de los aspectos más llamativos en estas comunidades es justamente que tan agudas diferencias y barreras son poco a poco limadas por la fuerza del Espíritu Santo, suscitándose una “comunión” y “fraternidad” tan duradera en años que sólo es explicable gracia a la acción de la Palabra de Dios y de los Sacramentos vividos comunitariamente. Los defectos y los pecados de las personas que están recorriendo este Camino de maduración en la fe, como de cualquier católico, pueden ser más o menos patentes. Pero también sus virtudes e florecen gracias a la riqueza espiritual que, generalmente, se vive en las comunidades.

La insistencia del Neocatecumenado en que la fe ha de vivirse en PEQUEÑAS COMUNIDADES en nuestro contexto secularizado proviene claramente de la LUMEN GENTIUM. El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia en distintos lugares como “comunidad”, y refleja también en muchos de sus textos. Según el Concilio, en las comunidades locales, por pequeñas, débiles y pobres que sean, está presente la Iglesia de Cristo. En la LUMEN GENTIUM se destaca el Trípode: “se congregan los fieles por la PREDICACION (el kerigma) del evangelio de Cristo y se celebra el misterio de la Cena del Señor A FIN DE QUE POR EL CUERPO Y LA SANGRE DEL Señor quede unida toda la FRATERNIDAD.” (LG: 26).

Por otra parte, la misión tan destacada de LOS LAICOS (unidos siempre a un presbítero que representa a la persona de Jesucristo y al obispo) en todo el proceso evangelizador del camino neocatecumenal es sólo  pensable  desde los números 30-38 de la LUMEN GENTIUM. Este documento constituye un gran respaldo  a la inmensa tarea evangelizadora de centenares de CATEQUISTAS ITINERANTES LAICOS que han salido de las comunidades que abandonan sus puestos de trabajo y su lugar de residencia para ir a cualquier parte del mundo, acompañados de presbíteros, a predicar el Evangelio, sin ningún tipo de seguridad, a donde les llamen y les envíen los obispos. Esta importancia de ser enviados se refleja nítidamente en el Nuevo testamento en Mc 16,15; Lc 24,46 y Jn 20,21 y en Pablo: “¿cómo oirán sin que se les predique? ¿Y cómo predicaran si no son ENVIADOS?”.

 Asimismo, de las comunidades se están ofreciendo NUMEROSOS MATRIMONIOS con sus hijos pequeños que tras abandonar sus casas, sueldos, parientes y países, se distribuyen por grupos, junto con presbíteros, en zonas alejadas de la Iglesia, especialmente en los pueblos jóvenes, para predicar a Cristo Resucitado donde lo soliciten y los envíen los obispos, colaborando así en la “nueva evangelización”.

La fe en comunidad, además de éstos, va suscitando y perfilando otros muchos carismas: diáconos, catequistas, acólitos, lectores, ostiarios, vírgenes, viudas, casados. También surgen cada año de las comunidades numerosas CHICAS JOVENES que han ido sintiendo poco a poco, la llamada de Dios a consagrarse definitivamente a la VIDA MONASTICA. Y asimismo, la predicación del Kerigma por parte de los catequistas, la vida sacramental y la fraternidad comunitaria, está siendo un continuo semillero de VOCACIONES AL PRESBITERIADO.

Todas estas vocaciones y carismas para el servicio de la Iglesia Católica que florecen las comunidades son fruto de la continua escucha de la Palabra, de la fuerza de la Eucaristía y de la vida comunitaria.

A modo de aclaración y de una vez para siempre: se piensa, con prejuicio infundado por ejemplo que los futuros presbíteros  están al servicio de Kiko; que no son diocesanos, que reciben una formación teológica “a su aire “y al margen del Magisterio.

En primer lugar, hay que tener presente el hecho de que los seminaristas reciben la formación teológica en las facultades más cercanas al seminario. En segundo lugar, en los seminarios que no cuentan con tales facultades están colaborando numerosos e importantes profesores de distintos centros teológicos y bíblicos.

Impresiona la disponibilidad y la extraordinaria colaboración que profesores de varios países (la mayoría no mantiene NINGUNA relación con el Camino Neocatecumenal) están ofreciendo en los seminarios dispersos por todo el mundo que, por diversas circunstancias, no cuentan con centros teológicos cercanos. Creo que se está iniciando con estos PROFESORES ITINERANTES una nueva forma de enseñar teología, siempre vinculada a la Liturgia y a la Palabra. Y en tercer lugar, los presbíteros no están al servicio de Kiko ni de nadie, sino que dependen del obispo de la diócesis.

Una de las novedades de estos seminarios es la de conjugar la iniciación cristiana en comunidad con la formación teológica y litúrgica especifica de los presbíteros.

Por todo lo dicho, y me perdonan por la extensa reflexión, creo que queda suficientemente claro que el Trípode que sostiene toda la pastoral neocatecumenal coincide con dimensiones fundamentales del Concilio Vaticano II. De hecho a través del Neocatecumenado, las cuatro grandes Constituciones conciliares: “Dei Verbum” (PALABRA), “Sacrasanctum Concilium” (LITURGIA), “Lumen Gentium” (COMUNIDAD), y “Gaudium et Spes” (MISION DE LA Iglesia en el mundo actual), se han ido convirtiendo desde finales de los años sesenta en fuerza evangelizadora para que sea anunciada la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesucristo (EL KERIGMA) –OPORTUNA E INOPORTUNAMENTE- TANTO A LOS CATOLICOS QUE NECESITAN SER FORTALECIDOS EN LA FE, COMO A LOS ALEJADOS de la Iglesia que anhelan ser iniciados en el cristianismo.   

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